2020, Letanía


Letanía fue un proyecto que se desarrolló dentro de una propuesta que llegaba con la invitación de Nira Rodríguez, poeta, escritora y comisaria, que llevaba por título MAR, Mujeres, Arte y Resistencia, pensado para desarrollarse en unas jornadas interdisciplinares con motivo de estas fechas señaladas, en el que se sumaban varias creadoras (Acerina Cruz, poeta y docente en secundaria, Sandra González, pianista y docente en el Conservatorio Superior) y yo, para pensar los conceptos de Mujer, Arte y Resistencia. Así mismo, Nira Santana (artista visual, docente e investigadora, experta en arte y género), también formó parte de las invitadas para, en su caso,  dar una ponencia sobre el tema en cuestión y, finalmente, María Valerón (poeta y periodista) conduciría una mesa redonda en la que debatiríamos y reflexionaríamos sobre el tema central y sobre las aportaciones realizadas a través de las piezas, desde nuestras disciplinas. Lamentablemente, estas jornadas fueron canceladas. No obstante, esta cancelación, tal y como diría una de las compañeras, supuso, finalmente, el acto más feminista.

Agradecer a Nira Rodríguez haber contado conmigo para este proyecto, agradecer su buen hacer, su lucha y valentía en el comisariado y la coordinación del proyecto.

Tal vez se lleve a cabo estas jornadas, en un nuevo espacio, en una nueva convocatoria, en el futuro.



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Letanía


En mi caso y estrechamente en diálogo a las otras dos creadoras, Acerina y Sandra, desarrollé una obra contextual que tenía como objetivo principal rastrear el interior de ciertos hogares del municipio de la Villa de Moya (aquellas personas que desearan participar), con el fin de buscar vestigios de imágenes  reveladas o impresas en papel fotográfico que aún permanecieran en portarretratos.

Con la aparición de las cámaras digitales y la democratización de su uso al alcance de todos, se producen y consumen imágenes de forma absolutamente voraz. Estas imágenes digitales que circulan y compiten a ritmo desenfrenado y delirante, se han vuelto insustanciales. La hegemonía del formato digital, sus plataformas y dispositivos donde las consumimos, ha propiciado la banalización de una imagen, que sumado a su forma intangible y efímera, empobrece completamente nuestra interrelación con las mismas. Vemos infinidad de imágenes al día y son pocas las que recordamos. La imagen ha dejado de afectarnos. La fotografía y, por ende, su contenido en su versión web, ha perdido su potencia y la capacidad de tocarnos, de quedarse, de emocionarnos. En este sentido, esta imagen que ya no resiste en nosotros alude a un contenido que, asimismo, se vuelve indiferente, por tanto, no sólo los paisajes, las situaciones, los objetos, pasan desapercibidos, sino también las personas. Nuestra relación con los otros ha cobrado un distanciamiento importante. La frenética obsolescencia de la imagen lleva a la obsolescencia del otro, a la obsolescencia de la empatía, de los cuidados, de la colectividad.

Así, buscar un portarretrato hoy, es buscar la fotografía que resiste, la emoción que resiste, las personas que resisten en el interior de los hogares y en nuestro interior. La dedicación de haber impreso aquella fotografía para que permanezca, para procurar su longevidad; ese espacio en la intimidad de los hogares especialmente reservado para esa persona, con un marco o portarretrato exclusivamente adquirido para esa persona, forma parte de un acto de resistencia. 

En los hogares, donde residen las familias y donde aún se encuentran portarretratos, se conjuga esa especie de ritual sagrado de amor hacia la/s persona/s retratada/s. En ciertos casos de distanciamiento, la letanía se convierte en un acto de conmemoración diaria, constante, en un acto de invocación del otro. La fotografía del ser querido, aquí, frente a la imagen digital, se mira una y otra vez  incansablemente, perpetuándose en el espacio, siendo en algunos casos, lo único que nos queda.

La letanía, en el cristianismo, alude a una rogativa, a una oración de súplica. 

La mujer, también de estas localizaciones, sigue siendo concebida como principal agente y protagonista de los cuidados, la responsabilidad, la transmisión de conocimientos y emociones. Hasta hace no mucho y aún hoy, este término, las emociones, siempre habían estado relacionadas casi en exclusiva con lo femenino, con la mujer y, por tanto, asociadas a la inferioridad, a la vulnerabilidad, a la debilidad y a la obstaculización del desarrollo y la maximización del individuo. No obstante, desde los años 80 y propiciado por las aportaciones de Carol Gilligan, el feminismo comenzó a abrir el debate sobre una “ética del cuidado”. Aquí se defiende el cuidado y las emociones como los agentes del movimiento de liberación más radical que se vinculan al feminismo, pues van al origen, a la raíz de lo puramente humano con el que se relacionan conceptos democráticos como la solidaridad, la interrelación y la corresponsabilidad, entre otras. Esta defensa de los aspectos emocionales entendidos desde la autenticidad de los comportamientos, se oponen a una racionalidad considerada como agente contaminante de la naturaleza humana. Desde entonces, muchas teóricas e investigadoras feministas como Martha Nussbaum, Iris Marion Young o Chantal Mouffe han continuado ese legado, que junto a otras ramas de estudio intelectual como la sociología, la filosofía, la psicología, la neurociencia, la geografía cultural o el postestructuralismo han dado forma a lo que se conoce como “el giro afectivo”. Este giro, sintetizando mucho este complejo concepto, propone los afectos como eje fundamental de la condición humana que favorece, no solo los aspectos individuales, sino colectivos, incluyendo las tomas de decisiones públicas y políticas que afectan a las comunidades. Una de las figuras más representativas es la investigadora y escritora feminista Sara Ahmed, que propone a través de sus distintas publicaciones, su visión sobre la enorme significancia que tiene todo el espectro emocional en relación a la configuración de la vida. Así, Ahmed, comprende las emociones no solo como estados psicológicos individuales, sino como prácticas culturales que se estructuran socialmente a través de circuitos afectivos que influyen en los individuos:


[...] Hay que recordar que la palabra "emoción" viene del latín emovere, que hace referencia a "mover", "moverse". Por supuesto, las emociones no se tratan solo del movimiento, también son sobre vínculos o sobre lo que nos liga con esto o aquello [...]. Lo que nos mueve, lo que nos hace sentir, es también lo que nos mantiene en nuestro sitio, o nos da un lugar para habitar. Por tanto, el movimiento no separa al cuerpo del "donde" en que habita, sino que conecta los cuerpos con otros cuerpos: el vínculo se realiza mediante el movimiento, al verse (con)movido por la proximidad de otros. 

[...] Exploro cómo funcionan las emociones para moldear las superficies de los cuerpos individuales y colectivos. 


Sara Ahmed, La política cultural de las emociones.


Las emociones, por tanto, tienen la capacidad de afectar al cuerpo individual y colectivo, al punto de que pueden reorientar o redirigir a una sociedad hacia unos u otros propósitos, hacia una determinada concepción cultural de comprender la vida y el mundo. Albergar un portarretrato en un hogar presenta, con toda convicción, un acto cultural que contribuye enormemente a fortalecer y mantener los vínculos entre la comunidad más próxima como puede ser una familia, hasta alcanzar una relevancia colectiva del cuidado. Representa un acto de resistencia frente a la obsolescencia de la humanidad.






Pieza 1


Obra objetual
Cadena de metal oxidada encontrada entre los callados de la playa del Altillo, Villa de Moya.
Aferrarse (ferro-hierro) hasta la oxidación.



 


Detalles


Pieza 2

Estas imágenes fueron tomadas en el interior de algunas casas de la Villa de Moya. Era de especial relevancia el carácter contextual y la participación de sus habitantes. Las fotografías obtenidas fueron pensadas para configurar un pequeño álbum que hilvana un relato de los afectos y que se presenta tal y como se muestra en las imágenes a continuación. A la entrada del acto, se le daría un paquete con el álbum a cada persona para favorecer su carácter tangible, de permanencia y el contacto directo con el espectador. Por tanto, cada persona establecería una relación y un diálogo íntimo con el álbum, participando de la acción conjunta. Ellos, con total libertad, sin ser guiados, interactuarían con las fotografías pudiendo decidir cómo colocarlas, cómo aproximarlas, cómo verlas. Este juego permite que se conforme un espacio de intimidad, de correspondencia entre el espectador y la imagen, sumándose al relato que él mismo será el encargado en co-crear en función de cómo interactúe y se relaciones con las imágenes. Por otra parte, la pieza, aquí, pierde el aura que normalmente tienen las obras en los museos, donde se sacralizan las piezas artísticas. Aquí, la pieza entraría en contacto directo con el espectador, pudiendo éste manipularla, hacerla suya. La pieza lo toca, está en sus manos.

Muchísimas gracias a Fede y a Pedro por su inestimable ayuda, por ser mis tan valiosos guías.

Muchísimas gracias a Adelita, Carmen, Antonia, Ofelia, Martina, Rosario, Pilar, Pedro y Candelaria. 

Curiosamente, las personas que llevaron a cabo la enmarcación de las fotos de sus seres queridos en portarretratos, que además, se prestaban decididamente a participar, fueron en su mayoría, mujeres. Así mismo, también es llamativo que las personas en los portafotos, elegidas libremente por ellas, también sean, en su mayoría, mujeres.






En las manos de los espectadores:








Álbum de 10 fotografías de 10x7cm.